Luis Jiménez de Asúa: La cátedra como asilo itinerante de la intransigencia moral del exiliado

I: Los primeros tiempos

         Jimenez de AsúaLuis Jiménez de Asúa, hombre de Derecho, español absoluto, republicano intransigente, señor de la palabra y de la pluma, docente nómade,  lector infatigable, aficionado a las mariposas y forjador de discípulos,   nació el 19 de junio de 1889,  en Madrid. Su padre murió, cuando tenía  dieciocho años de edad y la  situación económica de su casa urgía no sólo la pronta terminación de sus estudios, sino que se aplicara prontamente a ganar dinero.

         A los veinte años (1909) fue abogado. Su madre le dejó en plena libertad de seguir su vocación, y él intentó conciliar la debida ayuda a su familia con el deseo de cumplir la que sería la meta de su vida: la docencia. Cuenta que entró en una “Academia de Derecho” que, a pesar de su pomposo nombre, no era más que una fábrica destinada a preparar jóvenes ricos a fin de que salieran boyantes en la prueba de los exámenes de Leyes.

         El mismo nos dice  que “en los cursos de 1909 y 1910, trabajé en esta faena ocho horas, más las cuatro o cinco que en mi casa destinaba a preparar las lecciones. La abrumadora labor me fue provechosa en alta escala. En los años sucesivos mi tarea en la Academia fue infinitamente menor, puesto que lo fundamental de mi esfuerzo se destinó a la preparación de mi “Memoria” doctoral. Por lo demás transmitir lo que sabía a los catecúmenos, era para mí un placer inefable. Ya estaba, pues, echada mi suerte: yo sería catedrático de Derecha penal. Así se aunaban mis dos vocaciones: la de la enseñanza y la de penalista.”Para ser Profesor universitario se precisaba el grado de Doctor, y para obtenerlo era necesario redactar una tesis. Por entonces, leía  algunas de las memorias doctorales que se habían escrito en Francia sobre la materia.  Nadie ignora el rigor con que este trámite docente se exige en ese país, y, a menudo, la mejor obra de un estudioso suele ser, en tierra francesa, su tesis de Doctorado”.

El tema elegido era, entonces, toda una  novedad: “La sentencia indeterminada”. A fines de 1911 se puso al trabajo. No resultaba, fácil, pero  poseía algunos instrumentos inapreciables, pues por su buena formación desde muy niño conocía el francés bastante bien,  había aprendido lo suficiente del italiano para traducir sin dificultad y se puso a aprender  el alemán.

Como dice con su gracejo tan personal  “A trancas y a barrancas fui superando los inconvenientes. Leí libros y libros y me fijé, no sólo en su contenido, sino en el estilo y en la mera apariencia formal. Sin que nadie me guiara hice “papeletas”, “fichas”, “notas” y “apuntes”. El trabajo fue penoso al principio, pero después me procuró indecibles goces. El verano de 1912  fue el más atareado. El “Ateneo de Madrid”, aquella incubadora de sabiduría y de inquietudes revolucionarias, me acogió en su seno. Se podían solicitar libros y hacer que se comprasen los precisos. Mi menguado peculio no me hubiese consentido aquellos cuantiosos dispendios. Leía, anotaba y escribía. ¡Qué días aquellos!”[leer más]