Un talón de Aquiles en el debido equilibrio de los poderes del Estado: la pretendida dependencia de los Fiscales.

Europe’s-Achilles-heel-e1388096345788-266x300El nombre del Club del Progreso se encuentra asociado, por cierto de modo casual, al origen de uno de los más prolongados debates que se han librado a propósito de la independencia o dependencia del Ministerio Público Fiscal, cuestión relevante para el verdadero imperio de la supremacía constitucional en un Estado de Derecho. 

Los argumentos que expusieron quienes estimaban que los Fiscales dependían del Poder Ejecutivo se alineaban en torno a la llamada “tesis González”. Los que sostenían lo contrario, en base a claras normas constitucionales y legales, consideraban que eran funcionarios judiciales y que el Poder Ejecutivo no podía darle órdenes a menos de violar una expresa prohibición de la C.N. (actual art.109).

En esta dura disputa jurídica, que se prolonga por más de cien años y que, como hubiera dicho Bielsa, dejó muertos, heridos y contusos, no faltaron trapisondas políticas, ni razonamientos falaces. Vale recordar el episodio que le dio origen, dotado de alto valor pedagógico para nuestra educación cívica.

En diciembre de 1899 un ministro del Poder Ejecutivo ordenó a un Fiscal de primera instancia que realizara las diligencias necesarias para que se lograra el allanamiento de la sede del Club del Progreso y se detuviera a algunos contertulios que estaban jugando al bacará, por practicar juego clandestino.

El Fiscal sospechó que algún interés distinto al debido castigo de las contravenciones, motivaba esta poco habitual preocupación de un Ministro del Poder Ejecutivo, pues los posibles infractores estaban ya identificados y, precisamente, eran opositores políticos del gobierno. Supuso que se pretendía utilizar al Ministerio Público Fiscal como un instrumento alejado de aquél que sabiamente el codificador Obarrio había establecido en el art. 118 del por entonces reciente Código de Procedimientos en materia penal, según el cual correspondía a los Fiscales el estricto contralor de la legalidad.[leer más]

Luis Jiménez de Asúa: La cátedra como asilo itinerante de la intransigencia moral del exiliado

I: Los primeros tiempos

         Jimenez de AsúaLuis Jiménez de Asúa, hombre de Derecho, español absoluto, republicano intransigente, señor de la palabra y de la pluma, docente nómade,  lector infatigable, aficionado a las mariposas y forjador de discípulos,   nació el 19 de junio de 1889,  en Madrid. Su padre murió, cuando tenía  dieciocho años de edad y la  situación económica de su casa urgía no sólo la pronta terminación de sus estudios, sino que se aplicara prontamente a ganar dinero.

         A los veinte años (1909) fue abogado. Su madre le dejó en plena libertad de seguir su vocación, y él intentó conciliar la debida ayuda a su familia con el deseo de cumplir la que sería la meta de su vida: la docencia. Cuenta que entró en una «Academia de Derecho» que, a pesar de su pomposo nombre, no era más que una fábrica destinada a preparar jóvenes ricos a fin de que salieran boyantes en la prueba de los exámenes de Leyes.

         El mismo nos dice  que “en los cursos de 1909 y 1910, trabajé en esta faena ocho horas, más las cuatro o cinco que en mi casa destinaba a preparar las lecciones. La abrumadora labor me fue provechosa en alta escala. En los años sucesivos mi tarea en la Academia fue infinitamente menor, puesto que lo fundamental de mi esfuerzo se destinó a la preparación de mi «Memoria» doctoral. Por lo demás transmitir lo que sabía a los catecúmenos, era para mí un placer inefable. Ya estaba, pues, echada mi suerte: yo sería catedrático de Derecha penal. Así se aunaban mis dos vocaciones: la de la enseñanza y la de penalista.”Para ser Profesor universitario se precisaba el grado de Doctor, y para obtenerlo era necesario redactar una tesis. Por entonces, leía  algunas de las memorias doctorales que se habían escrito en Francia sobre la materia.  Nadie ignora el rigor con que este trámite docente se exige en ese país, y, a menudo, la mejor obra de un estudioso suele ser, en tierra francesa, su tesis de Doctorado”.

El tema elegido era, entonces, toda una  novedad: “La sentencia indeterminada”. A fines de 1911 se puso al trabajo. No resultaba, fácil, pero  poseía algunos instrumentos inapreciables, pues por su buena formación desde muy niño conocía el francés bastante bien,  había aprendido lo suficiente del italiano para traducir sin dificultad y se puso a aprender  el alemán.

Como dice con su gracejo tan personal  “A trancas y a barrancas fui superando los inconvenientes. Leí libros y libros y me fijé, no sólo en su contenido, sino en el estilo y en la mera apariencia formal. Sin que nadie me guiara hice «papeletas», «fichas», «notas» y «apuntes». El trabajo fue penoso al principio, pero después me procuró indecibles goces. El verano de 1912  fue el más atareado. El «Ateneo de Madrid», aquella incubadora de sabiduría y de inquietudes revolucionarias, me acogió en su seno. Se podían solicitar libros y hacer que se comprasen los precisos. Mi menguado peculio no me hubiese consentido aquellos cuantiosos dispendios. Leía, anotaba y escribía. ¡Qué días aquellos!”[leer más]

Caza de Citas (I)

Publicado en en la revista de la especialización penal “Intercambios”, UNLP, www..jursoc.unlp.edu.ar

Quote SignEste  título intenta exhibir  algunas  piezas cazadas por un viejo lector que desprecia  el mal llamado deporte de la caza, por lo que habituado a morar bien  lejos de las armas que siempre lo han alarmado, gusta apuntar con sus  lápices hacia aquellos pensamientos que son movilizadores del pensar.

Es sabido que los cazadores prefieren ir a lo seguro, escopeta al hombro, escogiendo  los parajes que habitualmente albergan a sus buscadas víctimas, las que, por cierta familiaridad semántica, también se las llama “presas “. Pero, esta razonable estrategia  no es recomendable para nuestro propósito, pues en el terreno de las ideas ir  a lo seguro nos somete a la rutinaria visión dada por una  óptica mezquina. Poco avanzará la reflexión de un especialista si se limita a buscar sólo lo que tiene a la vista en el recortado coto de su especialidad, se trate tanto de la dogmática como  de la criminología. A la corta o a la larga la rutina empobrece el pensamiento del lector, aunque las respectivas  obras especializadas no repitan  los acostumbrados refritos. El buen penalista debe alejarse,   sin miedo a la dispersión, más allá de los arrabales de cualquier especialidad y transitar por los parajes más alejados para descubrir ideas y experimentar vivencias.

Si se anima a esta aventura del espíritu es posible que todo su “saber penal” quede intelectual y emocionalmente conmovido,   por el parlamento de un actor en el teatro, un poema,   alguna canción, o tan sólo por una imagen contenida en un cuadro, fotografía, film o grabado. Es también posible que la reflexión nazca al contemplar un epitafio o simplemente un graffiti. Sería grave necedad rechazar tales  fuentes del saber por prejuicios academicistas.

He sugerido siempre a los estudiantes que abran, de par en par, las puertas de su percepción, no para abandonar el método dogmático del estudio del derecho vigente, sino precisamente para enriquecer la comprensión de quien lo emplea, pues el concreto acto interpretativo  de la ley penal estará condenado a ser valorativamente pobre, si el intérprete es culturalmente pobre. Leer, oír, mirar, interrogar e interrogarse, son las distintas modalidades de este reflexionar abierto, que siempre debe ejercerse  con los pies en la tierra, lo que en buen romance significa que el análisis debe preceder a la síntesis, pero no abortarla. En tal sentido para el estudioso de la problemática penal vale el siguiente consejo (he aquí, nuestra primera “presa”):

 “El que cree saber, ha creado en sí una muerte. Saber es en el hombre un estado de relación con una ignorancia anterior. Todo saber adquirido como conocimiento transitorio, se modifica por una duda y llega a ser una ignorancia de la cual se parte hacia un conocimiento futuro. El que acopla los  saberes transitorios como inamovibles, va osificando poco a poco su inteligencia hasta llegar a una completa incapacidad de comprender y se convierte en un más o menos ameno predicador de verdades-lastre…. Los que creen en las verdades definitivamente adquiridas matan la vida del pensamiento. Los que en cambio no admiten sino verdades del momento, crean a la inteligencia una razón de vivir.”  1

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