La expectativas de los otros suelen comportar una arquitectura colectiva y coercitiva, no pocas veces cruel. Suelen llegar hasta el umbral de la muerte, con el celo de un gendarme. No es fácil convivir con ese deshumanizado vigilador que nos recuerda a cada momento que no somos lo que deberíamos ser, ni hacemos lo que deberíamos hacer. El transcurso del tiempo agrava esta tensión, a punto de aparecer la vejez como una omisión más, pues uno debería saber morirse a tiempo. De lo contrario tendrá que convivir con ese cadáver que no se supo ser.

Simón el Mago, con la ayuda satánica, se había elevado por el aire. Sin embargo dos apóstoles lo vencieron con su rezo. La caída fue obra de la plegaria, pero no creo justo desconocer la participación de la Ley de la gravedad. Pero tal aclaración no autoriza, anacronismo mediante, a calificar a Newton como teólogo.

La criminalidad no es afectada por el tiempo ni por el espacio. Uno de sus rasgos más notorios es su perdurabilidad, una verdadera constante histórica, que no ha podido ser erradicada de ninguna sociedad, cualquiera sea su organización política. Suele ser confusamente problematizada, expuesta a consideraciones no siempre racionales (prejuicios, creencias, costumbres) y, a veces ideológicas que perturban su correcta comprensión. Distintos factores impiden su tratamiento óptimo, no ya su utópica solución. Hay casos en que subyace una dificultad sutil, no siempre percibida: las opiniones sectarias de algunos expertos que insisten en que aceptemos sus fracasos como inevitables.