Don Juan y la rosa

Tierra sabia que vives silenciosa,
¿nos dirás algún día, por ventura,
por qué extraña y sutil arquitectura
consumaste el prodigio de la rosa?

Si la ley que gobierna toda cosa,
no es al fin una absurda desmesura.
¿qué razón ordenó tanta hermosura
del brazo de la espina dolorosa?

También en el Amor hallé primero
la doncella con la espada del gendarme,
que quiso protegerla con su acero.

Mas, debo confesar que bien prefiero
el riesgo de la espina que privarme
de aquéllas que la alcoba quiera darme.

Sobrevivientes

Observo a los ancianos
marchitos en las plazas,
buscando en los encuentros
las sobras que no alcanzan.
Escucho al de las gafas
haciendo comentarios,
pues dejan las noticias
monedas de esperanza.
Juntaron sus ayeres,
arrugas y carencias,
silencios prolongados
y un poco de nostalgia.
Un sol les calentaba,
más tibio que en la infancia,
aquélla que tenía
el paso vacilante
y el añorado gusto
de andar para adelante.

Epicuro

No quiso transigir con la evidencia
que suele conformar a los mortales,
pues supo que las cosas esenciales,
se ocultan por detrás de la apariencia.

Tampoco convencido por la ciencia
fraguada por Pitágoras y Tales,
supuso que a sus fábulas formales
faltaba del placer toda experiencia.

Quería comprender, sin el teorema.
Dejaba al silogismo que se encierra
en Bárbara y Celarent, su dilema.

Y esperó seducir, aquí en la tierra,
no lejos del jardín de las delicias,
a la Verdad desnuda, entre caricias.