Caza de Citas (II)

Publicado en en la revista de la especialización penal “Intercambios”, UNLP, www..jursoc.unlp.edu.ar

Quote SignCuando el 12 de octubre de 1936 un General victorioso y mutilado habló intempestivamente en el paraninfo de la Universidad de Salamanca,  su antiguo rector improvisó la siguiente respuesta:

Hay ocasiones en las que el callarse es mentir. Acabo de oír    un grito morboso y sin sentido ¡Viva la muerte!.  Esta bárbara paradoja me repugna. El General es un inválido. No hay descortesía en esto. Cervantes también lo era. Al parecer desgraciadamente hoy en España demasiados inválidos. Sufro al pensar que el General podría sentar las bases de una psicología de masas. Un inválido que no tenga la grandeza espiritual de Cervantes, procura generar consuelo en las mutilaciones que puede hacer sufrir a los demás. 

 El General ya no pudo contenerse y gritó ¡Mueran los intelectuales, “Viva la Muerte”… a lo que el viejo rector contestó:

…Estáis profanando un sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitarías algo que os falta: razón y derecho en la lucha. (1)

Este episodio es uno de los tantos ejemplos de la opuesta concepción de la vida que reiteradamente enfrentan al pensamiento racional con  los variados irracionalismos, entre los  cuales la violencia bélica es su más cruel ejemplo.  Al tiempo de escribir esta sección de Intercambios, otra guerra nos obliga a pensar en ella, que es como decir en todas las demás.

Como dijo Unamuno, vencer no es convencer. En los tiempos en que la Argentina hacía culto de la racionalidad en sus relaciones internacionales,  su  diplomacia contribuyó a sentar las bases de la más sana doctrina. Así ocurrió en  el año 1902, cuando las costas de Venezuela fueron  cañoneadas por buques de guerra de  Gran Bretaña, Alemania e Italia, para  exigir el cobro de las deudas del gobierno  con particulares europeos. Este ataque violaba la Doctrina Monroe que  bajo el lema  “América para los americanos” descalificaba toda injerencia de gobiernos extranjeros en nuestro continente.  No obstante,  el gobierno norteamericano justificó tal ataque reformulando la citada doctrina  por medio del llamado    Corolario Roosvelt (2), según el cual aquélla sólo debía aplicarse en cuanto  hubiera apropiación de territorios americanos,  pero no en el caso de referencia, destinado a cobrar deudas impagas. Por entonces, el Canciller argentino (3) cursó el 29 de diciembre de 1902 un despacho  diplomático al gobierno de los Estados Unidos  por intermedio del embajador acreditado en Washington, en el que consignaba:

“La deuda pública no puede dar lugar a la intervención armada y menos a la ocupación material del suelo de los Estados americanos por un país europeo”…Entre los principios fundamentales del Derecho Público Internacional que la humanidad ha consagrado, es uno de los más preciosos el que determina que todos los Estados, cualquiera que sea la fuerza de que dispongan, son entidades de derecho, perfectamente iguales entre sí y recíprocamente acreedoras, por ello, a las mismas consideraciones y respeto. El reconocimiento de la deuda, la liquidación de su importe, pueden y deben ser hechos por la Nación, sin menoscabo de sus derechos primordiales como entidad soberana, pero el cobro compulsivo e inmediato, en un momento dado, por medio de la fuerza, no traería otra cosa que la ruina de las naciones más débiles y la absorción de su Gobierno con todas las facultades que le son inherentes por los fuertes de la tierra…,,, Lo único que la República Argentina sostiene y lo que vería con gran satisfacción consagrado con motivo de los sucesos de Venezuela, por una nación que, como los Estados Unidos goza de tan grande autoridad y poderío, es el principio ya aceptado de que no puede haber expansión territorial europea en América, ni opresión de los pueblos de este Continente, porque una desgraciada situación financiera pudiese llevar a alguno de ellos a diferir el cumplimiento de sus compromisos. En una palabra, el principio que quisiera ver reconocido, es el de que la deuda pública no puede dar lugar a la intervención armada, ni menos a la ocupación material del suelo de las naciones americanas por una potencia europea” (4)

Este impecable razonamiento jurídico tenía una clara  intencionalidad política:  impedir que ocurriera en América del Sur  lo que ya había sucedido en  Turquía y Egipto, e incluso en Nicaragua. La doctrina Drago  pretendía obstaculizar  las políticas expansionistas de las grandes potencias, las que excusándose en una intervención financiera, en verdad  emprendían invasiones militares para la  conquista de los respectivos territorios.

La doctrina tuvo buena acogida  entre los juristas europeos gracias a la difusión que hiciera Carlos Calvo, famoso internacionalista y representante diplomático argentino, y recibió su espaldarazo mundial cuando Drago  la expuso personalmente en la Conferencia de Paz de La Haya, (1907).

A pocos meses de cumplido el centenario,  un inexplicable silencio rodea tanto la  citada doctrina,  como la memoria de su autor, a pesar de que el  mundo ha sido nuevamente conmovido por la incursión bélica de un Estado en el lejano territorio de otro, ataque agravado por haberse desatendido las prudentes resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas y por  haberse  invocado razones que, con el andar del tiempo, fueron perdiendo verosimilitud, apareciendo hoy como  encubridoras de concretos intereses económicos.

Otra vez,  pavor, estragos  y muerte. También un pródigo repertorio de paralogismos en los discursos y en los partes militares de ambos bandos, así como las preocupantes palabras incorporadas al lenguaje: guerra preventiva, armas inteligentes, fuego amigo, muertes colaterales…

Ante una situación de tal gravedad, sigue vigente el imperativo unamunesco, pues a pesar de que nos han puesto al margen, sentimos que también ahora callar es mentir. Y en el no callar, los penalistas tienen que  abordar el ejercicio de la reflexión decente, esto es, deben  enfrentarse  sin prejuicios a las preguntas primeras, que suelen ser las esenciales.

Debemos reflexionar como si tuviéramos que contestar las preguntas de  un hipotético interlocutor, sanamente ingenuo y carente de formación jurídica. Tal preguntador seguramente  quedaría asombrado al enterarse de nuestra más conocida obviedad: la guerra, el peor de los crímenes,  no  está   incriminada en los códigos penales. Sabemos que el asombro es un temple anímico que expone a los saberes dogmáticos al demoledor interrogatorio de niños y  filósofos, preguntadores incisivos que  comparten una misma modalidad de virginidad reflexiva.

El asombro ante tal  omisión en el catálogo de los hechos punibles movilizaría algunas de estas preguntas:  ¿porqué el homicidio y no las matanzas bélicas? ¿porqué las lesiones y no las mutilaciones a granel?, ¿porqué los daños, incendios y estragos, y no los  bombardeos que los prodigan en gran escala?  En suma, este indagador no   contaminado por los saberes técnicos, resumiría su candorosa decepción disparándonos este simple interrogante:  ¿porqué los legisladores han tipificado  el  crimen y no la guerra?.

Contestaremos aclarando  que tal omisión  no deriva del  olvido, sino de su impotencia, algo así como una incapacidad  política estructural, ajena a la voluntad de los legisladores.  En lenguaje más accesible para nuestro interrogador explicaríamos  que en  la actividad legislativa, como ocurre también en  unos cuantos menesteres humanos, no rige la máxima del  “querer es poder”.

Si bien la guerra no se encuentra incriminada, por cierto los legisladores la han tenido presente como elemento constitutivo de determinados tipos delictivos. (5) Esta instrumentación permite demostrar  que la referida omisión no es consecuencia de un olvido legislativo, pero la  limitada función tipificadora  luce paradojal y, probablemente,  dejará desanimado a nuestro  cuestionador. Es posible  que ante tanta carencia o insignificancia, comience a desconfiar del  valor instrumental del Derecho como medio destinado a lograr la seguridad óptima de las personas, sumando su voz a la de quienes, por distintas razones, lo consideran solamente apto para habérselas con  las infracciones de menor entidad criminal, aún en tiempo de paz y dentro del orden interno de cada país.

Claro está que  si  legislar fuera una actividad siempre regida por la racionalidad,   se debería contar no sólo con la incriminación de la guerra, sino con su mayor penalidad, toda vez que por ser  multiplicadora de homicidios, lesiones, incendios, secuestros, torturas, violaciones, robos,  daños, falsedades y  estragos,  importa el mayor  de los concursos reales que se pueda imaginar.

Pero, las estructuras lógico objetivas del Derecho no permiten ponerlo por encima del Estado que lo instituye, quien, al igual que los restantes, tiene tanto la atribución de declarar la guerra, como el permanente riesgo de que se la declaren. Los Códigos Penales, pues,  padecen  las limitaciones inherentes al dominante principio de territorialidad.  Nacen y viven con escasos alcances jurisdiccionales.

Si apeláramos nuevamente al lenguaje simple, le diríamos a nuestro indagador  que exigir  al Derecho Penal la incriminación de  la guerra sería tan insensato como pedirle  peras al olmo. Es posible que aceptara esta sensata respuesta, sin perjuicio de que, en nombre de la misma sensatez, nos demandara, a renglón seguido, cual es  el peral jurídico adecuado que permita cosechar las peras de la paz. Llegado a este punto, los penalistas deberán  reconocer que tal tipo de respuesta excede el campo  de su tarea específica,  por lo que  este hambriento de verdades, tendrá que marcharse a plantear sus incómodas preguntas a quienes se hayan especializado  en cultivar los frutos de la paz.

No le faltarán contestadores, pues desde hace mucho tiempo las matanzas bélicas han generado pensamientos y teorías, tanto en lo relativo a la naturaleza de la guerra, como en lo concerniente a la sucesión de los hechos humanos, pues cada vez que ocurre un suceso tan catastrófico se pone en duda la racionalidad del   devenir humano.

Una de las más antiguas concepciones de la guerra le otorga una finalidad expiatoria sobre fundamentos teocráticos. Aquélla es el  castigo divino impuesto a quienes han desobedecido los mandamientos. Así, por ejemplo, encontramos en el Antiguo Testamento:

“Pero si no obedecéis la voz de tu Dios, Yahvé hará que seas derrotado por tus enemigos, marcharás contra ellos por un camino y huirás por siete delante de ellos, y serás vejado en todos los reinos de la tierra.” (Deuteronomio: 28,7-25.- (6)

En cambio, desde una perspectiva sociológica se ha visto a la guerra como una especie dentro de la clase de los conflictos sociales. En las contiendas bélicas también se manifiesta el clásico antagonismo entre el grupo “nosotros” y el grupo “los otros”, con el importante aditamento del  frecuente litigio territorial que enfrenta  a  “los de aquí” con  “los de allá”, disputa en la que los miembros de cada  bando  han internalizado valores antagónicos, una mutua concepción etnocentrista del mundo, y una lealtad enceguecida por el sentimiento patriótico y xenófobo. Al respecto, vale la pena evocar la   explicación que uno de los personajes de la “Isla de los pingüinos” da a un extranjero que no podía comprender  porque los Pingüinos y los Marsuinos estaban  en permanente  guerra:

“…quien dice vecinos, dice enemigos. Mire el campo lindero con el mío. Es el del hombre que odio más en el mundo. Después de él mis peores enemigos son los del pueblo. Cada vez que nuestros muchachos se encuentran con los de ellos se cambian injurias y golpes…y Ud. quiere que los Pingüinos no sean enemigos de los Marsuinos. ¿Usted, no sabe lo que es el patriotismo?. (7)

El punto de vista sociodinámico es sumamente fructífero para analizar no sólo el antagonismo entre los dos bandos enfrentados por la guerra, sino también para examinar la formación de otros conflictos entre bandos aliados, entre distintas armas de un misma fuerza, o incluso entre los  endogrupos que forman la oficialidad y la tropa.  La guerra hospeda a la mendacidad, la que se manifiesta no sólo en la mentirosa propaganda con fines estratégicos, sino también en la difusión de falsos mitos, como, por ejemplo,  la entusiasta disposición del soldado para enfrentar al enemigo Aunque provenientes del mundo de la ficción, vienen a cuento dos citas.

La primera corresponde a la novela  “Un viaje al fin de la noche”  de Céline, en la que  un soldado francés se lamenta por  no haber cometido antes un delito, conducta que  lo hubiera hecho indigno de vestir el uniforme militar, y consecuentemente le habría salvado la vida. Después de poco tiempo descubre  que su jefe es un monstruo y, además, sospecha  que tanto en su ejército como  en el del enemigo, deben existir  muchos más:

“Con seres parecidos, esta imbecilidad infernal puede continuar indefinidamente. Porqué se detendrían? Jamás había yo sentido mas implacable la sentencia de los hombres y de las cosas…” “…uno es tan virgen  en el horror como en la voluptuosidad, ignorante de todo lo que significaba entrar en la guerra (p.14)……Acababa de descubrir de golpe lo que aquélla era totalmente…“de la prisión uno sale vivo, pero no de la guerra. Todo lo demás son palabras…Yo era joven entonces, la prisión me daba miedo. Yo no conocía todavía a los hombres. Yo no creeré jamás en lo que dicen, ni en lo que piensan. Hay que tener pavor de los hombres, de ellos solamente. (p.15) Hacíamos cola para que nos reventaran… Aquellos que tenían todavía un poco de ánimo lo habían perdido…Es a partir de esos meses que comenzaron a fusilar a los desertores para levantar la moral, por escuadras, y el soldado   se expuso a figurar en la Orden del día por la manera que hacía su pequeña guerra consigo mismo, la profunda, la verdadera…” (p.30)

Se trataba de un soldado de la primera guerra mundial (1914-1918), en la que la caballería todavía tenía un importante función. Por eso, al observar como los caballos sin jinetes de los dos bandos se reunían amistosamente, reflexionaba:

 “Es lo que nosotros no habríamos podido hacer… (p.31)…Entonces caí enfermo, afiebrado, loco de miedo según explicaron en el hospital… La mejor de las cosas por hacer, cuando uno está en este mundo, es salir de él, ¿no es cierto?. Loco o no, por miedo o no.” (p.60) (8).

La segunda cita supone la concreta toma de posición de quien no está dispuesto a matar ni a que lo maten, en una clara objeción de conciencia a la guerra. Se trata de “El desertor” una canción de Boris Vian(9), que fuera censurada en su país durante el conflicto con Argelia:

 “Señor Presidente / le escribo una carta / que posiblemente leerá / si Usted tiene tiempo./ Acabo de recibir mi citación militar/  para partir a la guerra / antes de la tarde del miércoles./  Señor Presidente/ yo no quiero hacerla, yo no estoy sobre la tierra para matar a la pobre gente. / No es por molestarlo / es necesario decirle / que mi decisión está tomada / voy a desertar./ Desde que nací / vi morir a mi padre / vi partir a mis hermanos / y llorar a mis hijos./ Mi madre ha sufrido tanto / ella, en el interior de su tumba / se burla de sus bombas / se burla de los gusanos./ Cuando estuve prisionero / me robaron mi mujer / me robaron el alma / y todo mi querido pasado. / Mañana bien temprano / cerraré mi puerta / en la nariz de los años muertos. / Iré por los caminos, mendigaré mi vida / por las rutas de Francia / desde Bretaña a Provenza  / y diré a la gente: / niéguense a obedecer, / niéguense a hacerla / no vayan a la guerra. / Niéguense a partir./ Si hay que dar la sangre / vaya a dar la suya, / Usted es buen apóstol/ Señor Presidente / Si Ud. me persigue / prevenga a sus gendarmes/ que yo no tendré armas / y que ellos podrán disparar.” (10)

Pero, no siempre la guerra ha sido entendida como un castigo de los dioses o un antagonismo entre pueblos limítrofes. La Historia registra varios ejemplos en los que los guerreros se han sentido cruzados. En tales casos los combatientes eran impulsados por la intolerancia de un fundamentalismo, frecuentemente religioso, con la meta de imponer como única la propia creencia. Sobre tales fundamentos dogmáticos la guerra se propone ya sea  el aniquilamiento del hereje, o, en su caso, el exterminio racial por medio de las llamadas limpiezas étnicas. Las Cruzadas al Santo Sepulcro son ejemplos de la primera modalidad, los operativos genocidas de los armenios, judíos, camboyanos, entre otros pueblos, de la segunda. La siguiente cita sintetiza hasta que punto la racionalidad queda atrapada por los nefastos alcances del primigenio dogma irracional:

“La técnica de la muerte adoptada por las SS consiste en poner en correlación tres métodos ya operativos – la deportación en ferrocarril, el confinamiento en campos de concentración, el asesinato por medio de la gasificación- y tres estructuras complementarias: el camión de gas, el centro de exterminio y el campo industrial que asocia la explotación de trabajo y la muerte. De este modo, la matanza de millones de seres humanos es resuelta por las SS como un simple problema industrial” (11)

Precisamente la técnica y la ciencia  han caminado frecuentemente los senderos belicistas, por lo que han sido  señaladas como cómplices en el crimen de la guerra. Así dice  Jaspers:

“Al parecer, toda nueva arma de destrucción ha sido declarada criminal. Así ocurrió antaño con los cañones, y más recientemente en la primera guerra mundial, con el torpedo sin aviso previo lanzado por submarinos. Sin embargo la fuerza de la costumbre los impuso inexorablemente. Pero, actualmente la bomba atómica (la bomba de hidrógeno, la bomba de cobalto) constituyen un acontecimiento fundamentalmente nuevo. Pues ella enfrenta a la Humanidad con la posibilidad de su total autodestrucción”. (12)

Sin embargo, el temor a la destrucción de la humanidad y, aún, la del mismo planeta no ha sido suficiente para desterrar a la guerra, sino que  la ha transformado en terribles combates librados con el “autorizado” uso de armas “impersonales”. Esa persistencia a través de la historia parece descubrirle  raíces ontológicas, como si en la esencia del devenir de la humanidad estuviera el componente bélico impuesto con la fuerza de una fatalidad.

Nuestra razón tal vez no comparta esa necesidad y, por el contrario, manifieste  estupor, rechazo y piedad cada vez que nos enfrentamos con las imágenes televisadas de los sufrimientos de las víctimas, especialmente la mutilación o muerte de niños. El sentimiento de repudio es también desazón, pues sumándonos a nuestro  hipotético interrogador, ahora también nosotros  nos preguntamos porqué la aludida impotencia del Derecho Penal, no fue salvada por la intervención natural o sobrenatural.

El desamparo de tantas víctimas que siendo  absolutamente inocentes, fueron igualmente inmoladas,  compromete el sentido del  devenir de la Humanidad y el significado de la Historia, pues no parece fácil admitir que tan crueles resultados fueran naturalmente necesarios, culturalmente inevitables o divinamente ordenados. En verdad, resultaría tan desalentador saber que la humanidad deviene sin ningún orden, como descubrir  que  en el  orden teleológico universal  el fin justifique el empleo de cualquier medio.

Razón acorralada. Humanidad asaltada en un callejón sin salida. Desaliento del conocimiento ante las traiciones de las inteligencias prácticas. Vocación de ruptura de un orden jurídico nacional impotente. Tales ingredientes forman la antesala de un giro copernicano en las  relaciones humanas. Y allí  alguien  filosofa (¿razona o sueña?) acerca de la paz perpetua.

En la marcha aparentemente absurda de las cosas humanas,  Kant creyó descubrir una constante intención, y  explicó   la historia de nuestra especie  como la realización de un plan oculto de la Naturaleza, la que  no era caótica pues los distintos hechos seguían siempre un  hilo conductor existente “a priori“. A partir de  la insociable sociabilidad de los hombres, valoró la función civilizadora que tienen los conflictos,  pues tal  dualidad les exigió convivir inevitablemente dentro del marco del Derecho. De manera similar, estimó que los conflictos entre Naciones deberían  producir como consecuencia lejana pero inevitable, la constitución de una organización internacional que asegurase la paz perpetua:

 “Se tiene que obligar a que los Estados tomen la misma decisión (por difícil que les resulte) a que fuera constreñido el hombre salvaje, con idéntico disgusto, a saber: renunciar a una brutal libertad y buscar paz y seguridad dentro de la constitución legal…¿Admitiremos que todo seguirá siendo como ha sido desde siempre, de tal modo que no se podría predecir si la discordia, tan natural a nuestra especie, no acabaría por prepararnos, dentro de una condición muy civilizada, un infierno de males, porque volvería a aniquilarla y todos los progresos hasta entonces realizados en la cultura, se negarían por una bárbara destrucción…por el empleo de todas las fuerzas de la comunidad en armarse los unos contra los otros, por las devastaciones que la guerra provoca y más aún por la necesidad de prepararse constantemente para ella, se impide la marcha progresiva del completo desarrollo de las disposiciones naturales. Pero los males que esta situación trae aparejados obligarán a que nuestra especie busque una ley de equilibrio, forzará a la admisión de un poder unido, a la introducción  de una condición cosmopolita para la seguridad pública de los Estados.”(13)

Lamentablemente, la guerra ocurrida en Irak constituye un retroceso en el avance hacia esa meta kantiana, pues a pesar de existir ya una organización internacional, se desatendieron sus resoluciones y se emprendió, por decisión unilateral, una guerra que a todas luces parecía evitable.

La estrategia desarrollada en ese conflicto revela, a juicio de analistas, el empleo de la guerra como un claro instrumento político, exhumando, así,  el pensamiento oportunamente expuesto por von Clausewitz (14). Este teorizador prusiano,  entusiasmado por  la nueva estrategia napoleónica que  no se limitaba a ganar posiciones sino que  intensificaba el combate hasta aniquilar al enemigo, concibió la guerra como la continuación de la paz por otros medios. En su concepción,  la meta de la guerra debe ser siempre desarmar o destruir al enemigo, introduciendo así el concepto de “Guerra absoluta”. Ha sido el principal teorizador de la guerra como el ejercicio de la fuerza para lograr un objetivo político, ejercicio que no se encuentra  limitado por ninguna ley, excepto por el sentido de la oportunidad. Concibió al Mundo  como un campo de batalla en el que  la paz se mantenía por un  equilibrio de  fuerzas en tanto no se perdiera. Perdido tal equilibrio,  el estadista que,  sabiendo que su instrumento bélico se encontraba  listo y que  la guerra era inevitable, dudara en ser el primero en golpear, debería ser considerado, a juicio de von Clausewitz,   culpable de un crimen contra su país.

Hace unas décadas que  Rapoport (15), alertó acerca de la reformulación de las tesis de Clausewitz por parte de algunos estrategas contemporáneos, que volvieron a concebir  la guerra como instrumento político pero  con una peligrosa expansión del concepto de campo enemigo, el cual  para el teórico prusiano se limitaba al campo de batalla, en tanto ahora al exceder tales límites  alcanza peligrosas dimensiones. Al respecto es un ejemplo ilustrativo ver como un manual militar contemporáneo define  lo que debe entenderse  por “blanco militar”:

“Toda persona, cosa, idea, entidad o local elegido para la destrucción, desactivación o inutilización con armas que reducirán o destruirán la voluntad o aptitud del enemigo para resistir” (16)

Cuando los fundamentalismos de uno y otro signo  identifican crimen con virtud  patriótica y la inmolación de los niños como un  margen indeseado pero razonable de toda empresa bélica, cuando la muerte de los otros lleva al regocijo personal y a la difusión  fotográfica  de sus cadáveres como métodos pedagógicos de intimidación, parece lejano el  ideal de una   organización internacional que, por la convergencia de todos, pudiera evitar las  cruzadas bélicas,  los actos de conquistas , las innecesarias defensas. Estamos en tiempos en que la impersonalidad de los mísiles evita los posibles  reparos personales que, a pesar del adiestramiento bélico, a veces conservaba el ser humano. En  la lucha cuerpo a cuerpo todavía era posible que un soldado no matase  a un niño, a una embarazada, a un anciano o a un invalido  del bando enemigo. Tales esperanzas no existen en la amoralidad topográfica de un arma impersonal.

Nuestra memoria recuerda  la imagen de un bebé palestino muerto por los efectos de una incursión israelí, llevado en lo alto por su padre entre una multitud dominada por la pasión vindicativa, ni  tampoco puede olvidar  la de un niño israelí muerto por un ataque de orientación política contraria. Es posible que el gravísimo problema palestino hubiera sido evitado con un orden internacional más idóneo, pues a esta altura de los acontecimientos la espiral de venganzas mutuas ha logrado consumar una cotidianidad bélica autosuficiente, es decir, excusada de la tarea de exhibir  razones. A tales criaturas, al igual que a los niños iraquíes y a todas las víctimas de guerras o actos terroristas, no sólo le quitaron la vida, sino también su valor existencial, reduciéndolos rápidamente a una cifra  estadística, bélicamente  insignificante. Esta vez el Cazador de citas,  que como enseñaba Unamuno, no quiso callar, termina estas dolidas reflexiones con los versos de una bella canción:

 “Car un enfant qui pleure        <Porque un niño que llora,

qu’ il soit de n’ importe où        <no importa de donde sea,

est un enfant qui pleure…        <es un niño que llora…

Car un enfant qui meurt           <Porque un niño que muere

au bout de vos fusils,    <a punta de vuestros fusiles,

est un enfant qui meurt.           < es un niño que muere.

Et c’ est abominable      <Y es abominable

d’ avoir à choisir             <tener que elegir

entre deux innocences,           <entre dos inocencias,

Et c’ est abominable      <Y es abominable

d’ avoir pour ennemi     <tener por enemigo

les rires de l’ enfance”  <las risas de la infancia.> (17)

Notas

(*)       Ver “Caza de citas”, en el número anterior de  “Intercambios” (www.jursoc.unlp.edu.ar)

(1) Palabras que improvisara el Rector de la Universidad de Salamanca Miguel de Unamuno, durante la guerra civil española, en presencia del General Millán Astray y del grupo militar que ocupara la casa de estudios. Unamuno era profesor de griego, ensayista, novelista y poeta. Fue destituido del cargo de Rector y falleció pocos meses después, el 31 de diciembre. Sobre este famosa improvisación hay varias versiones de quienes fueron testigos del acto, las que si bien difieren en detalles coinciden en lo esencial, que es lo que se ha trascripto en el texto, aunque, por lo expuesto, las citas no van encomilladas.

(2) Se trataba de Theodore Roosvelt, un republicano que presidió los Estados Unidos entre  1901 y  1909. . Rubén Dario, en “Cantos de vida y de esperanza” le dedica el poema “Roosvelt” en el que después de  calificar a su país como el futuro invasor de la América ingenua,  termina con estas  estrofas; “…Se necesitaría, Roosevelt, ser, por Dios mismo/, el Riflero terrible y el fuerte Cazador,/ para poder tenernos en vuestras férreas garras./ Y,  pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!.”

(3) Luis María Drago. (1859- 1921). Fue periodista, traductor de literatos ingleses, docente universitario (UBA),  juez en lo civil y en lo penal, y Fiscal de Estado  en la provincia de Buenos Aires, diputado, árbitro en cuestiones internacionales y   Ministro de Relaciones Exteriores (1902), cargo en el que  tuvo destacada actuación en el conflicto que por entonces  afectaba a  Venezuela.

(4)  Su tesis, luego publicada en  “La República Argentina y el caso de Venezuela” (1903), y en “Cobro coercitivo de deudas públicas” (1906) conocida en Derecho Internacional como   “Doctrina Drago., es  notoriamente incompatible con la diplomacia de  las  “relaciones carnales”,

(5) En el caso del Código Penal argentino la guerra aparece incidentalmente, por ejemplo, en los artículos 189 bis,  215 inc.2, 218,219.

(6) Ver también Levítico: 26,7-8-23-25.- Josué: 7,5-12/ 8,1.- Jueces: 2,14-18.- Reyes: 17,18-20.- Código de Hamurabi.

(7) Anatole France: “L’Îlle de pinguoins”, Pocket, Paris 1995, p.29)

(8) Celine: “Un voyage au bout de la nuit”, ed. Gallimard (Folio,28), Paris, 1999.

(9) Boris Vian (1920-1959) también conocido con los seudónimos Vernon Sullivan o Bison Ravi fue poeta, novelista, letrista, dramaturgo, trompetista, defensor y conoceder del Jazz,  y seguramente la figure emblemática de Saint Germain des Prés, el barrio literario de Paris

(10) La letra de la canción, cuya música también es de Vian, y  que fuera varias veces reformada para pasar la censura dice : “Monsieur Président / Je vous fais une lettre /Que vous lirez peut-etre / Si vous avez le temps. / Je viens de recevoir / Mes papiers militaires/ Pour partir à la guerra / Avant mercredi soir./ Monsieur le Président / Je ne veux pas la faire./ Je ne suis pas sur terre / Pour tuer des pauvres gens./C’est pas pour vous fâcher / il faut que je vous dise/ Ma décision est prise / Je m’en vais déserter. /Depuis que je suis né / J’ai vu mourir mon père,/ J’ai vu partir mes frères / Et pleurer mes enfants./ Ma mère a tant souffert / Elle est dedans sa tombe/ Et se moque des bombes / Et se moque des vers./ Quand j’étais prisonnier / On m’a volé ma femme/ On m’a volé mon àme / Et tout mon cher passé./ Demain de bon matin / Je fermerai ma porte/ Au nez des années mortes / J’irai sur les chemins,/ Je mendierai ma vie / Sur les routes de France/ De Bretagne en Provence, / Et je dirai aux gens:/ Refusez d’obéir / Refusez de la faire/ N’allez pas a la guerre / Refusez de partir/ S’il faut donner son sang / Allez donner le vôtre/ Vous êtes bon apôtre  /Monsieur le Président/ Si vous me poursuivez  /Prévenez vos gendarmes/ Que je n’aurai pas d’armes  /Et qu’ils pourront tirer…

(11) Ternon, Yves: “El Estado Criminal. Los genocidios en el siglo XX” (traducción de Rodrigo Rivera de “L’Etat Criminel” ), Editorial Península, Barcelona, 1995

(12) Jaspers, Karl:”La bomba atómica y el destino de la humanidad”, (traducción de Irene Garfeldt-Klever de Leal de “Die Atombombe und die Zukunft des Menschen), Editorial Fabril Editora, Bs. Aires,  1961)

(13) Kant, Immanuel : “Idea de una historia universal” (publicado en “Filosofía de la Historia”, traducción y prólogo de Emilio Estiú. Editorial Nova. Bs. As. 1964. Pág.49,50 y 51.cit.

(14) Su obra se publica en 1832,  con posterioridad a su muerte, en nueve volúmenes, de los cuales los más importantes son los tres que forman el tratado “Sobre la guerra” (Vom Kriege), cuya  versión francesa puede consultarse en la Biblioteca Nacional de Francia, vía Internet.(*)

(15) Rapoport, Anatol “Clausewitz, filósofo de la guerra y la política” (traducción de Alfredo Llanos y Ofelia Menga del original inglés “An introduction to Carl Clausewitz  on war), Ed. Leviatan, Bs. As. 1992;

(16) “Fundamentals of Aerospace Weapons System” (Manual ROTC de la Fuerza Aérea de USA) , citado por Rapaport, op. Cit. Pág.100.

(17) “Perlimpinpin”  es una canción con  letra y música de Barbara (1930- 1997)