Luis Jiménez de Asúa: La cátedra como asilo itinerante de la intransigencia moral del exiliado

I: Los primeros tiempos

         Jimenez de AsúaLuis Jiménez de Asúa, hombre de Derecho, español absoluto, republicano intransigente, señor de la palabra y de la pluma, docente nómade,  lector infatigable, aficionado a las mariposas y forjador de discípulos,   nació el 19 de junio de 1889,  en Madrid. Su padre murió, cuando tenía  dieciocho años de edad y la  situación económica de su casa urgía no sólo la pronta terminación de sus estudios, sino que se aplicara prontamente a ganar dinero.

         A los veinte años (1909) fue abogado. Su madre le dejó en plena libertad de seguir su vocación, y él intentó conciliar la debida ayuda a su familia con el deseo de cumplir la que sería la meta de su vida: la docencia. Cuenta que entró en una «Academia de Derecho» que, a pesar de su pomposo nombre, no era más que una fábrica destinada a preparar jóvenes ricos a fin de que salieran boyantes en la prueba de los exámenes de Leyes.

         El mismo nos dice  que “en los cursos de 1909 y 1910, trabajé en esta faena ocho horas, más las cuatro o cinco que en mi casa destinaba a preparar las lecciones. La abrumadora labor me fue provechosa en alta escala. En los años sucesivos mi tarea en la Academia fue infinitamente menor, puesto que lo fundamental de mi esfuerzo se destinó a la preparación de mi «Memoria» doctoral. Por lo demás transmitir lo que sabía a los catecúmenos, era para mí un placer inefable. Ya estaba, pues, echada mi suerte: yo sería catedrático de Derecha penal. Así se aunaban mis dos vocaciones: la de la enseñanza y la de penalista.”Para ser Profesor universitario se precisaba el grado de Doctor, y para obtenerlo era necesario redactar una tesis. Por entonces, leía  algunas de las memorias doctorales que se habían escrito en Francia sobre la materia.  Nadie ignora el rigor con que este trámite docente se exige en ese país, y, a menudo, la mejor obra de un estudioso suele ser, en tierra francesa, su tesis de Doctorado”.

El tema elegido era, entonces, toda una  novedad: “La sentencia indeterminada”. A fines de 1911 se puso al trabajo. No resultaba, fácil, pero  poseía algunos instrumentos inapreciables, pues por su buena formación desde muy niño conocía el francés bastante bien,  había aprendido lo suficiente del italiano para traducir sin dificultad y se puso a aprender  el alemán.

Como dice con su gracejo tan personal  “A trancas y a barrancas fui superando los inconvenientes. Leí libros y libros y me fijé, no sólo en su contenido, sino en el estilo y en la mera apariencia formal. Sin que nadie me guiara hice «papeletas», «fichas», «notas» y «apuntes». El trabajo fue penoso al principio, pero después me procuró indecibles goces. El verano de 1912  fue el más atareado. El «Ateneo de Madrid», aquella incubadora de sabiduría y de inquietudes revolucionarias, me acogió en su seno. Se podían solicitar libros y hacer que se comprasen los precisos. Mi menguado peculio no me hubiese consentido aquellos cuantiosos dispendios. Leía, anotaba y escribía. ¡Qué días aquellos!”

A fines de 1912 terminó su «tesis», altamente calificada, y solicitó una beca para permanecer varios años en el extranjero, especialmente en París, Ginebra y Berlín.

Jiménez de Asúa nos dice;  “Yo era una pobre criatura ayuna de influencias y me presenté al concurso para trabajar fuera de España, con otros muchos centenares de jóvenes recién titulados. Era Bernaldo de Quirós quien había de proponer entre los candidatos a estudiar Derecho penal, el que tuviera más méritos. Don Constancio Bernaldo de Quirós me eligió entre los muchos concursantes. Casi al mismo tiempo la Editorial Reus no sólo accedía a publicar mi tesis doctoral, sino que, cosa insólita para un principiante, me abonaba la suma de setecientas pesetas como derechos de autor. Aquella cantidad me pareció descomunal y miraba los billetes del Banco de España como el niño contempla el juguete ansiado que acaban de traerle los Reyes, con la duda de sí  sueña o está en fáustica vigilia”.“

Ese libro, el primero que compusiera tenía un prologuista predestinado. No podía ser otro que Bernaldo de Quirós, pues él había inclinado definitivamente su dedicación al Derecho penal.

Vale la pena recordar una parte de ese prólogo. El viejo profesor creyendo  ver  en el joven escritor la imagen de  su perdida   juventud evoca  un pasaje de un  poema de Alfred Musset, » Noche de Diciembre”, en cuanto alude a: “…un pobre muchacho vestido de negro, que se asemejaba como un hermano”.  Y luego el prologuista agrega: 

 “Bienvenido seáis… novel caballero que empezáis con trabajo de tal monta. Combatid, día tras día por la verdad y por el derecho,  por las cosas nobles y hermosas que hacen adorable la dura vida. Poco os importe el éxito que administran tantas fuerzas enemigas, pero merecedle para vos y para todos los buenos.” (1)

 Corrían tiempos bienaventurados para nuestro homenajeado, que por 1913 tenía  veintitrés años, acababa de graduarse de doctor con la nota de «sobresaliente», estaba en vísperas de tomar el tren para ir a las más prestigiosas universidades de Europa, a estudiar como becado y estaba en prensa su  primer libro.[i]1

Por ese entonces, en la Argentina había una creciente vida cultural lograda por el esfuerzo de varios centros académicos, entre las que merece destacarse la “Institución Cultural Española”, fundada en 1912  Por su Cátedra desfilaron notables pensadores, entre los que vale la pena recordar a Ramón Menéndez y Pidal (1914)  Ortega y Gasset (1916 y 1928) Julio Rey Pastor (1917);  Adolfo G. Posada (1921), Amado Alonso (1927-1928), Lorenzo Luzuriaga (1928), Pues bien, en esa serie de talentos consagrados aparece en 1923  y en 1925 el joven Luis Jiménez de Asúa para dar conferencias sobre derecho penal en universidades,  algunas de ellas patrocinadas por la citada Institución.

En esas conferencias analiza al código penal argentino que había entrado recientemente en vigencia. El Profesor titular de la Universidad de Buenos Aires, Juan Pablo Ramos califica tales lecciones como un acontecimiento intelectual y da su testimonio:

” Era un maestro el que estaba allí de pie, exponiendo sus ideas y sus juicios, pero lo hacía como un compañero y como un amigo, sin alardes, sin gestos ni retórica de ocasión. Quien oía sabía que se le estaba enseñando, pero quien le enseñaba parecía sólo un confidente que había cruzado el mar para venir a decirle, en tono de exquisita conversación, transida de sinceridad y de ciencia, esas cosas que sólo puede expresar la difícil facilidad de un hombre de mundo que es, al mismo tiempo, un alto maestro”. (2)

 En 1922 publica un libro sobre “estado peligroso”, que por iniciativa de Gina Lombrosso, hija del fundador de la Escuela positiva, se traduce al italiano en 1923 con el título de “”La Pericolositá” y en cuyo prólogo dice  Enrico Ferri:

“En la moderna ciencia criminal el joven Profesor de la Universidad de Madrid tiene un puesto notable por sus publicaciones, todas inspirada en el método de observación realista y todas sustancialmente de acuerdo con la orientación de la escuela positiva italiana. Y su conocimiento completo de la criminología italiana y extranjera añade merito y fuerza a su pensamiento científico.” [1](3)

         Sin embargo  a partir de  Octubre de 1926 su relación con Ferri se va deteriorando hasta el  rompimiento, como lo acredita esta carta:

 «Con silenciosa amargura, que no por  callada era menos profunda, he presenciado sus aproximaciones al fascismo. En quien, como usted, fue exponente destacado del socialismo italiano, esta simpatía para su régimen de dictadura nos ha parecido a muchos inexplicable… y al votarse precisamente la ponencia positivista, Ud. se abstuvo, asegurando paternalmente a los firmantes que el tiempo le daría la razón… Maestro: acaso con sus últimas evoluciones se conquiste la  amistad de los que fueron sus enemigos, pero aquellos que como yo, a pesar de haber superado el positivismo penal y postulado la doctrina del Derecho  protector, oriunda del  genio de Dorado Montero…veíamos en la escuela de Usted  la fontana de nuestras teorías y la reputábamos como progenitor, nos vemos forzados con amargura y desgarramiento, a separarnos ahora respetuosa pero firmemente.. Las diferencias científicas no divorcian a los hombres. Lo que realmente disuelve los lazos  cordiales, o incluso puede volverlos  enemigos, es la conducta discorde… No quiero terminar esta postrera carta sin recoger una objeción que usted me hacía en aquella cortolina postale, escrita en respuesta a mi primera carta. Parecía  desear que se dejase a un lado el problema político sin mezclarlo con el científico. Acaso muchos de sus admiradores  piensen que han de seguirle estimando como sabio, aunque le desprecien como ciudadano. Yo no sé hacer tan tajantes diferencias y creo que en Derecho Penal no es indiferente la filiación política…Con ademanes inmodestos expresa Ud. abiertamente su consentimiento en restablecer la pena capital para los atentados contra el jefe de gobierno, como satisfacción dada a la urgencia de un momento histórico… expide su permiso para el restablecimiento de la pena capital, fundándolo en la afirmación solemne y dinámica de las fuerzas del Estado, y en el derecho de éste a la legítima defensa…Pero ¿ no habíamos quedado Profesor Ferri en que según las encendidas frases de su Sociología Criminal, la defensa social ejercida por la pena y las medidas preventivas no pueden ser la defensa de una clase…[ii](4) 

II: La política

 Era un primer disgusto, pero  no será el único. También en 1926  comienzan los sinsabores políticos, pues fue confinado en las islas Chafarinas por protestar por la actitud de la Dictadura de Primo de Rivera que desterrara a don Miguel de Unamuno. 

A tal contrariedad se suma la sanción que se le aplica en la Universidad de Madrid por haber sostenido las tesis que en 1928 recopilara en su libro  “Libertad de amar y derecho a morir”.  Jiménez de Asúa había dado una conferencia el 7 de marzo de 1928 en la Universidad de Murcia, sobre aspectos jurídicos de la eugenesia. Tergiversaron sus conceptos y desde el periodismo oscurantista y reaccionario, le dispararon, según sus propios términos, con sus trabucos naranjeros. Era una metáfora premonitora. A pesar de la protesta del claustro de Profesores y de la ira estudiantil el gobierno le impuso una sanción. Por supuesto, el libro que recoge tales ideas agotó varias ediciones y es, seguramente, el más conocido de su vasta producción.

Las famosas circunstancias orteguianas lo alejaron del disfrute intelectual pasivo, como tantos otros pensadores sintió que en esa hora crucial la dignidad de la cátedra no era incompatible con el ejercicio de la vida pública, por lo que estimó   indeclinable incorporarse a la resistencia activa contra el régimen de esa dictadura, a la que luego, en comparación con la franquista  se la calificó de dictablanda.

 Así, pues ingresó en las filas del Partido Socialista Obrero Español  como un militante más. Elegido diputado ante las Cortes, a la   pregunta ¿Cuál va a ser su actuación? Contestó a la prensa: “Intervendré en la discusión de la Constitución, pero sólo en cosas de mi competencia:  en los puntos fundamentales de lo que ha de ser el nuevo Estado, en la cuestión religiosa, en todo lo que me afecta como socialista, como profesor y como penalista. Por lo demás puede asegurar que no tengo el menor interés en hacerme un hombre político.”

En verdad, cumplió   ante las Cortes una importante labor de jurista al presidir la comisión asesora para preparar las primeras leyes republicanas, entre ellas la Constitución, en cuyo texto se leía: 

Art.1: España es una Republica democrática de  trabajadores de  todas las categorías organizadas bajo el régimen de libertad y de justicia. Los poderes de todos los órganos emanan del pueblo.

Art.3:  El Estado español no tiene religión oficial.

Art.6: España renuncia a la guerra en  tanto instrumento de política nacional.

La Constitución logró dar a la mujer el sufragio –  después de un largo y pintoresco debate – y admitió el divorcio, pero fueron logres tan efímeros comoel régimen que los había posibilitado. La guerra civil y el nuevo Estado impuesto tras la victoria de las fuerzas franquistas, 1 de abril de 1939, iban a eliminar todo lo consegido.

Habría que esperar el cierre de un largo paréntesis de cuarenta años para que las mujeres recuperaran el punto de partida que significó la conquista del sufragio en 1931.

En la Argentina, el diario “El Mundo”,de Buenos Aires, envió un corresponsal a España,  quien escribe el 20 de abril de 1936:

 “Los hechos de los últimos días, de sintomático carácter terrorista, permiten afirmar que la situación social del país ha entrado  en una etapa  prerrevolucionaria  y que sus características son la provocación y el atentado. No se trata de un hecho aislado, sino de una sucesión de crímenes políticos ejecutados y atribuidos a elementos de extrema derecha, contra elementos de la República. El primer atentado lo cometen varios jóvenes estudiantes armados de pistolas y ametralladoras contra el señor Jiménez de Asúa. Pierde la vida en este hecho el agente de vigilancia, señor  Gilbert, que custodiaba al señor Asúa.Se inicia el juicio contra los supuestos autores del atentado: los magistrados que entienden en el proceso reciben anónimos amenazantes y el día 13 de abril, en el barrio de Chamberi, un magistrado que ha participado en el proceso, el Señor Manuel Pedregal, es atacado por dos jóvenes armados de pistolas ametralladoras, y fallece algunas horas después.” 5 

El corresponsal argentino que escribió este despacho era nada menos que Roberto Arlt, el futuro  autor de “Los siete locos”, “El lanzallamas”, y otras consagradas obras literarias.  Y como suele ocurrir, sobre llovido mojado. El  Tribunal Especial para la Represión de la Masonería, extendió sus actuaciones no sólo a los presentes en el país con antecedentes masónicos, sino también a los que se hallaban en el extranjero. Así, no es extraño encontrarse en el que fue Archivo de los Servicios Documentales de Salamanca sentencias condenatorias contra Martínez Barrio, Jiménez de Asúa, Casares Quiroga y otros, en unos términos pintorescos, aplicándoles el «alias» como a viles delincuentes, como podía leerse en la prensa: Se condena a Luis Jiménez de Asúa, alias «Carrara», maestro masón de la logia Danton, a 20 años de reclusión mayor con inhabilitación absoluta;

Pero  Jiménez de Asúa tenía que cumplir otra misión en su decidida lucha contra las dictaduras. La guerra civil y la consiguiente división en bandos afectaron a las representaciones oficiales en el extranjero. Entre incertidumbres y desconciertos los diplomáticos españoles se dispusieron a cumplir con dos objetivos inmediatos: anular las compras de material de guerra y suministros del bando contrario y conseguir apoyos oficiales.

El 19 de Julio de 1936 el Jefe del Gobierno de la República Española cursó el siguiente telegrama al presidente de la República Francesa León Blum: “Hemos sido sorprendidos por peligroso golpe militar. Solicitamos se pongan inmediatamente de acuerdo con nosotros para suministro de armas y aviones. Fraternalmente, Giral”.

Por entonces, en muchos sectores franceses, la Guerra Civil Española no suscitaba más que indiferencia, y contribuyó a dividir aun más a Francia. Para la Izquierda  el apoyo al Frente Popular Español era una obligación que obedecía a sentimientos de fraternidad  obrera y socialista, mientras que para los sectores conservadores y fascistas, lo ocurrido en España era el ejemplo a seguir.

Las operaciones fueron llevadas a cabo por la comisión  Gubernamental para las compras de armas en la que colaboraba otro intelectual de gran futuro político, André Malraux, que comandara personalmente una escuadrilla de aviones y que muchos años después sería Ministro de Cultura del  Presidente De Gaulle.

En julio de 1936 el gobierno republicano estaba representado en Praga por el Encargado de Negocios Luis García y el Secretario de Primera, Gaspar Sanz y Tovar, diplomáticos que pronto se adhirieron a los sublevados.

Ante esta situación, la España oficial republicana quedó sin representante hasta que el 21 de agosto de 1936 comisionó a Jiménez de Asúa como Encargado de Negocios, cargo que cambió en septiembre por el de Ministro de España, y a cuya iniciativa se creó el Servicio de Información de la República en Praga, que cubría —Alemania, Austria, Hungría, Polonia, Rumania, Bulgaria, Yugoslavia e Italia.

El embajador contaba con  el apoyo de comunistas y socialistas checos, muy dispuestos a ayudar a la causa republicana así como el propio presidente. El nombramiento de un nuevo gobierno checoslovaco pro-alemán tras los Acuerdos de Munich en septiembre de 1938 fue argumento suficiente para que el ministro republicano saliera de esta capital.  A partir de su salida de Praga, pasó a ser Jefe de los Servicios de Información en Europa y Delegado Permanente ante la Sociedad de Naciones en Ginebra.

La guerra española se extendía en el tiempo con toda la crueldad propia de los enfrentamientos fraternales. El 26 de abril de 1937 el pueblito de Guernika, símbolo de las libertades vascas, fue bombardeado por la aviación alemana solicitada por los sublevados. Fue la primera vez en la historia militar que una aglomeración exclusivamente civil fue arrasada bajo las bombas, calculándose en 1654 los muertos y 889 los heridos, sobre una población de 7000 habitantes.

      No siempre se ha valorado lo que significaba la conservación institucional que durante años hicieron los republicanos españoles, que a pesar de la derrota en la guerra civil vivían esperanzados con la victoria de los aliados sobre el Eje. Pero, terminada la guerra los intereses democráticos no fueron tan poderosos como para lograr el ansiado regreso, pues en la formación de los dos frentes que iniciarían la llamada guerra fría, Franco era útil como contención del comunismo. Poco a poco se fueron disipando las esperanzas de los exiliados, a punto tal que en el Congreso del Partido Socialista de  Toulouse en 1951. se dijo “Somos espectadores de la historia, hemos dejado de ser actores”. Más de diez años de exilio, la realidad de que el fin de la II Guerra Mundial no produjo la derrota de Franco, y finalmente  la incorporación de España a las Naciones Unidas con el consecuente fin de su aislamiento, iniciaron una nueva etapa en la vida de los exilados, sobre todo para aquellos que se encontraban lejos de España. Fue el reconocimiento para muchos de que la guerra se había perdido definitivamente y llevó a una época de letargo y desmoralización. Algunos llegaron a América y honraron  con su ciencia o con su arte a los países que los habían   acogida,  especialmente Argentina y México. (6) A partir de 1962 Jiménez de Asúa fue presidente del gobierno republicano en el exilio. 

III: La acción educativa

Perdida la causa de la legalidad, sus defensores sufrieron distintos tipos de penurias, entre las cuales el exilio los dispersó por el mundo. Algunos llegaron a nuestro país y entre ellos Jiménez de Asúa, que sin dejar su compromiso político, retoma con mayor dedicación su tarea docente.  Al respecto, dice:  “Segui los consejos de Bernaldo de Quirós: traté de enriquecer mi estilo y de escribir obras mejores. Con la pluma en la mano transcurrieron mis años. Triunfos, derrotas, alegrías y sinsabores los he tenido en alternado tropel. Al cabo, la tormenta me arrojó a estas costas hispanoamericanas, a las que años atrás había arribado mozo y festejado por la misma Universidad porteña que ahora me ignora, con tanto ahínco como prudencia, para no contagiarse de mis ideas democráticas. La de La Plata, en cambio, brindome generoso albergue espiritual.”  Se refiere a su llegada a la Facultad de Ciencias Jurídicas platense,  en el año 1940, como Profesor extraordinario.

Según sus propias palabras: “hacía ocho meses que había llegado al puerto de Buenos Aires como un resto más del naufragio de la República española, bastante escéptico y tan desprovisto de medios económicos como de ilusiones. La designación de la Universidad argentina fue para mi insuperable tónico. Debo el nombramiento sobre todo a José Peco. Recobré toda mi energía y hasta las más altas esperanzas. Durante cuatro cursos trabajé en aquella Universidad, que me había abierto sus puertas, con tanto júbilo como lo hice en la de Madrid, y creo que con el mismo provecho.

Y confiesa una creencia, por demás cierta: Vivíamos algunos de nosotros en España las lisonjeras horas de la consagración y comenzábamos a envejecer. De pronto vuelve la necesidad de luchar y con ella el empuje de la juventud. Por eso muchos refugiados hemos vuelto a una mocedad intelectual que debemos por entero a los países que nos han acogido.

En la Facultad platense desarrolló el curso de 1940 conforme a la costumbre imperante, pero insatisfecho, en los siguientes de 1941, 1942 y 1943 implantó por vez primera en América el sistema de casos penales, en la que los alumnos bajo su dirección debían abordar y resolver concretas hipótesis jurídicas.

Pero, nuevamente las circunstancias le fueron adversas. Un notorio acontecimiento había dejado fuera de la cátedra a Peco, hecho que le hace decir: yo que vine a La Plata por su tenaz afán no podría quedarme en el puesto de Profesor, y por ende, de camarada de quien ya no lo sería. El 11 de noviembre de 1943 dio su última lección en forma de renuncia indeclinable. Según sus propias palabras,  el invitado al Palacio,  no se queda con los nuevos ocupantes que ganaron el pleito, sino que se marcha con los amigos desahuciados. Nuevamente el autoritarismo político interfería en la docencia, que era su forma de ser.

A mediados de 1951, en el Colegio Libre de Estudios Superiores, institución encomiable lamentablemente desaparecida, dio un cursillo de cuatro conferencias sobre Legítima defensa, oportunidad en la que muchos pudimos conocerlo por primera vez, y en la que su sentido de la disciplina fue reiteradamente desafiado por la clásica impuntualidad argentina.

      Años después fue contratado por la Universidad de Buenos Aires, dirigiendo el Instituto de Derecho Penal, donde desarrolló una fructífera labor formando discípulos a través del sistema de casos, y dirigiendo un curso de especialización, oportunidad en que me confió la cátedra de Sociología Criminal, asistiendo como un alumno más a mis clases. Nunca llegué a envanecerme pues de inmediato comprendí que en verdad estaba tomándome silencioso examen, queriendo verificar no sólo lo que decía, sino como lo decía.  

Pero esa etapa feliz de su vida iba a terminar pronto. La brutal Noche de los bastones largos que padecieron profesores y estudiantes de la Facultad de Ciencias Exactas y la intervención de la Universidad de Buenos Aires, lo llevó nuevamente a renunciar. Así, reiteraba en Buenos Aires, veinte años después, el mismo gesto que había tenido  en La Plata.

Y  otra vez este Profesor a quien  la guerra civil le había arrebatado  su cátedra universitaria y  su biblioteca personal, que había enseñado en las por entonces cinco universidades nacionales de la Argentina, debía recomenzar su magisterio itinerante por todos los países de la América hispana, con excepción de la Nicaragua de Somoza y el Paraguay de Stroessner.

Y llegado  este punto es bueno saber que pensaba este docente acerca de la docencia. No debe sorprender que en cuestión  tan entrañablemente ligada a su propia vida, sus apasionadas reflexiones  revelaran hasta que  punto  le dolía la Universidad.

Comienza por preguntarse:

  • ¿existe en España el estudiante de Leyes?… <Los alumnos> han salido de la cátedra, donde un  profesor expuso su conferencia jurídica y, la mayoría desdeña  discutir los problemas desarrollados por su maestro. Acaso es torpeza nuestra… Pero quizá también se deba a la  ausencia de interés profesional, a que no existe el estudiante  de Derecho. En un corrillo de futuros médicos no es raro oír un  debate clínico… En cambio, la clientela de nuestra Facultad,  formada en su mayoría de burgueses acomodados, de señoriítos que siguen una carrera sin grandes afanes, está  desnuda de entusiasmos técnicos
  • » El estudiante español no hace vida estudiantil. Empieza por no estudiar, y de ahí que el incumplimiento de la tarea de donde toma nombre, anule la existencia de la estudiantina… “ 

Hasta aquí lo que concierne a España. Pasemos ahora a examinar sus opiniones en lo relativo a Hispanoamérica.

  • “Sólo intereses minúsculos y sobre todo ajenos a la vida cultural, impulsan hoy el desatinado deseo de crear Facultades o Institutos por doquier. Esa proliferación impremeditada de Universidades sin pensar en si hay quien explique en ellas, en si hay estudiantes con actitud discipular que pueblen los novicios claustros; en si hay dinero para adquirir libros y aparatos; en si pueden crearse laboratorios, para que las nuevas Casas de pomposo nombre no sean como las de ahora, fachadas sin contenidos.” 
  • “Lejos de mi ánimo enjuiciar ahora, a casi cuarenta años de distancia, los postulados de la «reforma» de 1918. Supongamos que fuesen en su hora sobremanera oportunos y necesarios, frente a una Universidad de moldes viejos y de cátedras hereditarias. Lo que nadie podrá negar es que si bien logró destruir aquellos viejos estilos no ha logrado alumbrar otras formas universitarias y que el «principio» de «asistencia voluntaria» a clase, se ha transformado en una «costumbre” de inasistencia.
  • Para salvar aquellas «ideas» de hace medio siglo, hablan ahora…un lenguaje ambicioso y a ratos hiperbólico, en que demagógicamente se presenta programas o misiones que la Universidad ha de cumplir y que son inalcanzables o que no pertenecen al menester universitario Como cuando se escribe, por ejemplo, «que el estudiante debe ser sujeto activo de sus propio proceso educacional», cosa que por lo visto consiste en no ir a la Universidad sino a examinarse, todos los meses, «ideal» de muchos estudiantes, aunque con semejante método sea absolutamente imposible el curso de la «educación» misma.
  • No han faltado estudiantes que arrojando esa careta, han presentado sus aspiraciones al desnudo. En la Facultad de Derecho de Santa Fe, se hizo una encuesta, que alguien calificó de la «encuesta del cinismo». Hubo algunos muchachos que contestaron: «a mí no me interesa ninguna materia de la Facultad»; «a mí no me importa la vinculación del profesor con el estudiante» Cuando yo lo supe me dije: me gustaría hablar con esos muchachos porque por lo menos han sido sinceros, han dicho sin ambages su triste verdad. A ésos se les puede convencer de que están en un error. A quienes pensando lo mismo presentan una hermosa cortina de humo o un insincero ramillete de ilusiones y aspiraciones nobles, a ésos no se les convencerá nunca, porque de sobra saben que viven contra la verdad. 
  • “Hoy vivimos, en efecto, una época contra la verdad No ocurre como antes en que detrás de una etiqueta sabíamos lo que había Hoy nos hablan de partido «popular», que es un partido «conservador»; hoy nos hablan de una asociación de fines inocentes y en vez de ese fin se hace, por ejemplo, nacionalismo furibundo. Nos invitan a constituir una sociedad de cultura y es una agrupación movida por los norteamericanos para afianzar su hegemonía. O se hace la propaganda para sembrar la chirimoya y resulta que es la tapadera o cobertura de un grupo comunista. ¡Volvamos a llamar a las cosas por su nombre y no a rebrillar espejuelos para poder cazar infelices incautos! “
  • “Lo primero…es elegir qué menesteres debe cumplir
  • “Cuando en 1939 llegué a la Argentina me encontré que había seminarios e institutos de altos estudios, pero en la Universidad en que entré a enseñar (se refiere a la Universidad Nacional de La Plata) investigaban los muchachos de primer o segundo año, en seminarios de asistencia obligatoria. El despropósito no podía ser mayor, pues la asistencia a clase en los cursos de formación profesional no era obligatoria. Así, acontecía que la investigación quedaba reducida a hacer papeletas…”
  • “Con los Institutos ocurría algo semejante. Muchos de ellos tenían unos reglamentos largos y completísimos con artículos, apartados, números, letras (mayúsculas y minúsculas) en los que se atribuían todos los fines imaginables…”
  • “No hay que decir que está investigando un muchacho de primero o segundo curso de la carrera,, porque copie … párrafos de tres libros escritos en castellano y al alcance de todos, y que no ha manejado más fuente de información para su examen que los “apuntes” plagados de errores y falsas teorías.”
  • “Pero ¿cómo se deben enseñar los conocimientos jurídicos? Si el profesor se decide a exponer ante sus oyentes las más sublimes doctrinas y las más recientes  concepciones de técnica, los alumnos, que no están versados en aquella disciplina y que se matriculan para  aprender lo elemental, quedan por bajo del nivel elegido por el maestro.  Nada entienden: carecen de cimientos para edificar con los materiales demasiado finos que el catedrático les brinda. Al año siguiente, el profesor adopta otros modos y renuncia a calar tan hondo. Sus lecciones son sencillas, al alcance de los menos preparados. Apenas iniciado el curso, el maestro comprende que aquellos mozos no necesitarían molestarse en acudir a su aula para aprender lo que él les enseña. En cualquier «Manual» podrían hallarlo con la precisión superior que presta la escritura y con la posibilidad de repasar la página no bien asimilada. Eso de exponer desde el estrado los más elementales conocimientos de una rama científica… era lógico en épocas pretéritas, en que no se conocía la imprenta,  hoy no tienen razón de ser. Por eso he podido sentenciar que la enseñanza verbal, desnuda de toda colaboración de los estudiantes, es faena inútil, y a veces perniciosa; y ya que hoy, por respetos tradicionales, por el excesivo número de alumnos y por escasez  de personal auxiliar, no sea posible prescindir de la conferencia diaria, es urgente completar este método con otro más moderno y eficaz. Se hace preciso adscribir a la tarea activa los jóvenes esfuerzos del alumnado» . 

Pero, su experiencia en la Argentina  lo hizo reconsiderar algunos de sus juicios tan severos. Unos años después, reconocía que había encontrado un buen número de estudiantes que tenían  auténtica vocación de tales y que deseaban que la Facultad de Derecho se reformase a fondo y llevara mejor sus funciones. Siguió trabajando en el último tomo de su Tratado y dando conferencias demostrando una permanente actualización. 

IV: El adiós

 Luis Jiménez de Asúa falleció en Buenos Aires en 1970, sin haber podido regresar a su España, a su Madrid, a su cátedra en la Central. Ante el misterio de la muerte  los hombres presuponen ulterioridades no verificables, entre las que parece más seductora la hipótesis de un paraíso que premie a los justos. Claro está que la difundida imagen de una eternidad ociosa y angelical no parece adecuada para este luchador.

Por lo tanto en ejercicio de una  improbable, pero tentadora arquitectura, me lo imaginaría  en la dimensión de  un aula universitaria y en el devenir temporal de una lección infinita. Así lo dije al despedir sus restos por encargo de la Facultad platense e invocando la representación de todas las de Hispano América. Pero, ahora con la perspectiva del paso de varias décadas, presiento que todo eso no es suficiente.  Para ser un justo paraíso habría que sumarle un don que le negó la vida: el regreso a una patria sin  cadenas.

Por lo tanto, me lo imagino marchando por las distintas cátedras de América en dirección a la Central de Madrid, del brazo de su amada inmortal, la libertad, a la que le susurraría con voz seductora:

“Cuando llegues a Madrid, chulapa mía,
Voy a hacerte emperatriz del Lavapiés
Y alfombrarte con claveles la Gran Vía,
Y rociarte con vinillo de Jerez.
En Chicote un agasajo postinero
Con la crema de la intelectualidad,
Y la gracia de un piropo retrechero
Más castizo que la calle de Alcalá”… 

Tengan por cierto tanto su alborozo por esta modalidad de la trascendencia humana, como que, genio y figura hasta en la sepultura, antes de ingresar a su justo paraíso, se detendría un instante –  al fin de cuentas ¿qué demora un instante en la eternidad? –  para decirme;   ” Ud. ha olvidado indicar  la cita…”.

Vale Don Luis, marche en paz. Los versos son de Agustín Lara.

 


(1)  Jiménez de Asúa, Luis:  ”La sentencia indeterminada”, prólogo del autor a la edición argentina de 1947 (p.24/28).

(2) Jiménez de Asúa, Luis,: El nuevo Código Penal argentino, Ed. Reus, Madrid, 1928.

(3) Jiménez de Asúa, Luis: “La pericolosita”.( prólogo de Enrico Ferri), Ed Bocca, Torino,1923.

(4) Jiménez de Asúa, Luis: “Política, figuras, paisajes.” Edit.Historia nueva, Madrid 1927;, citado por Sebastián Urbina Tortella, “Ética y Política en Luis Jiménez de Asúa”, Edición UIB, Universidaad Illes Balears, 1984., pág. 58). El libro de Jiménez de Asúa tiene una 2ª. Edición, Mundo Latino, Madrid, 1930,
(5) Arlt, Roberto: “Aguasfuertes madrileñas”, Ed. Losada, Buenos Aires
(6) Nuestra gratitud a  Rafael Alberti, Niceto Alcalá Zamora y Castillo, Francisco Ayala, Ricardo Baeza, Arturo Barea, Eduard Nicol, Constancio Bernaldo de Quirós, José Blanco Amor, Luis Buñuel, Alejandro Casona, Américo Castro, Luis Cernuda, Rosa Chacel, Alberto Closas, José Gaos, Juan David García Bacca, Ramón Gómez de la Serna, Jacinto Grau, Jorge Guillén, Eugenio Imaz, Felipe Jiménez de Asúa, Luis Jiménez de Asúa, Juan Ramón Jiménez, León León, Felipe Manuel López Rey y Arrojo, Lorenzo Luzuriaga, Antonio Machado, Salvador de Madariaga, María de Maeztu, José Medina Echavarría, Ángel-Ossorio y Gallardo, José Maria Ots Capdequí, Ramón Pérez de Ayala, Luis Recasens Siches, Pío del Río Hortega, Wenceslao Roces, Mariano Ruiz Funes, Adolfo Salazar, Pedro Salinas, Claudio Sánchez, Guillermo de Torre, Joaquín Xirau, Margarita Xirgú, María Zambrano.